Ernesto bozzano



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LIBRO
ERNESTO BOZZANO


¿TIENEN ALMA LOS ANIMALES?

Traducción de Teresa – teresa_0001@hotmail.com

PREFACIO

Ya se ha observado muchas veces, a propósito de las manifestaciones metapsíquicas, en que los hombres son agentes o perceptores, que éstas han sido conocidas en todas las épocas y por todos los pueblos, pero no se puede decir lo mismo en los casos en que el papel de agente o perceptor es desempeñado por animales.

Naturalmente las manifestaciones metapsíquicas en que los protagonistas son animales, no pueden dejar de estar circunscritas en límites de realización más modestos que cuando los protagonistas son seres humanos, pues esos límites corresponden a las capacidades intelectuales de las especies animales con que estos hechos se producen. Sin embargo, parecen más notables de lo que se podría suponer a primera vista. Entre estos fenómenos se encuentran, en efecto, episodios telepáticos en que los animales no desempeñan solamente el papel de perceptores, sino además el de agentes, episodios concernientes a animales que perciben, al mismo tiempo que los hombres, los espíritus y otras manifestaciones supra normales fuera de toda coincidencia telepática y, finalmente, episodios en que los animales perciben, colectivamente con el hombre, las manifestaciones que suceden en las localidades embrujadas. Hay que añadir además a estas categorías, episodios de materializaciones de formas de animales obtenidas experimentalmente y, en fin, apariciones post mórtem de formas de animales identificados, circunstancia que presenta un valor teórico considerable, ya que permite apoyar la hipótesis de la supervivencia de la psiquis animal.

El examen de esta rama de los fenómenos metapsíquicos ha sido completamente olvidado hasta aquí, pese a que en las revistas metapsíquicas y, sobre todo, en las recopilaciones de los Proceedings y del Journal de la excelente Society for Psychical Research, de Londres, se hallen numerosos casos de este género; pero estos casos nunca han sido recogidos, clasificados y analizados por nadie, habiéndose, por cierto, escrito y discutido muy poco acerca de ellos. No hay, pues, gran cosa para resumir en lo que atañe a las teorías formuladas al respecto.

Observaré tan solo que, en los comentarios de cierto caso aislado perteneciente a la clase más numerosa de los fenómenos en cuestión, es decir, aquella en que los animales perciben, juntamente con el hombre, las manifestaciones de telepatía o de encantamiento, se propone la hipótesis según la cual las percepciones psíquicas de esa naturaleza tendrían su origen en un fenómeno alucinatorio creado por los centros de idealización de un agente humano y a continuación transmitido, inconscientemente, a los centros homólogos del animal presente y perceptor.

Para otra clase de fenómenos y precisamente para la de las apariciones de formas de animales, se supone un fenómeno de alucinación pura y simple por parte del perceptor; pero el análisis comparado de los hechos pone de manifiesto que, muchas veces, las formas de animales son percibidas colectiva y sucesivamente. Éstas son, además, identificadas con las de animales que vivieron y murieron en la localidad, y más, que los perceptores ignoraban que esos animales, vistos en esas condiciones, hubiesen existido.

Siendo así, es preciso concluir que, de modo general, las dos hipótesis que acabo de mencionar son insuficientes para interpretar los hechos. Esta conclusión es de gran importancia teórica, puesto que nos obliga a admitir la existencia de una subconsciencia animal, depositaria de las mismas facultades supra normales que existen en la subconsciencia humana y, al mismo tiempo, nos lleva a reconocer la posibilidad de apariciones verídicas de formas o almas de animales.

De ello resulta todo el valor científico y filosófico de esta nueva rama de las pesquisas psíquicas. Ésta nos permite prever que debemos considerarla con carácter previo, para establecer, en bases sólidas, la nueva ciencia del alma, que estaría incompleta e incluso inexplicable sin la contribución que aporta el examen analítico y las conclusiones sintéticas en relación a la psiquis animal, lo cual me reservo demostrar en el momento preciso.

Inútil es observar que no pretendo, en modo alguno, que esta clasificación – la primera que se intenta sobre la cuestión – baste para analizar a fondo un tema tan vasto y de gran importancia metapsíquica, científica, filosófica. Me felicito únicamente por haber llevado una primera contribución eficaz a las nuevas pesquisas y por haber con ello despertado el interés de personas que se ocupan de estos estudios, favoreciendo así el acopio ulterior del material bruto de los hechos, lo cual parece indispensable para hacer culminar las pesquisas sobre esta joven rama de las doctrinas metapsíquicas.

En fin, si se quisiera indicar la época en que se empezó a tomar en seria consideración las manifestaciones metapsíquicas de los animales, habría que indicar el famoso incidente de telepatía canina, en que fue perceptor el conocido romancista inglés Sir Rider Haggard, incidente que se produjo en condiciones tales que la duda es imposible. Como resultado de una de esas condiciones providenciales de tiempo, de lugar, de medio, que se encuentra muchas veces al comienzo de la historia de las nuevas ramas de la ciencia, surgió en Inglaterra un interés inesperado, casi exagerado: los periódicos políticos se apoderaron de ella y la discutieron largamente, al igual que las revistas de variedades y de metapsíquica, determinando un ambiente favorable para las nuevas pesquisas.

Es por lo tanto oportuno empezar la clasificación de las manifestaciones metapsíquicas de los animales por el caso telepático en que el perceptor fue el romancista Rider Haggard.

PRIMERA CATEGORIA


ALUCINACIONES TELEPATICAS EN LAS CUALES UN ANIMAL DESEMPEÑA EL PAPEL DE AGENTE
Caso I – (En sueños con indicios aparentes de posesión) – Es el caso Haggard, que me limitaré a narrar tal como ha sido resumido, con la mayor exactitud, en la edición de julio de 1904 de la Revue des Études Psychiques, remitiendo al lector que desee detalles más extensos al número de octubre de 1904 del Journal of the Society for Psychical Research. Helo aquí:

El señor Rider Haggard cuenta que se había acostado tranquilamente sobre la una de la madrugada del día 10 de julio. Una hora más tarde, la señora Haggard, que dormía en el mismo cuarto, oyó a su marido gemir y emitir sonidos inarticulados como de un animal herido. Inquieta, lo llamó y el señor Haggard percibió la voz como en un sueño, pero no consiguió librarse de la pesadilla que lo oprimía. Cuando despertó completamente, contó a su esposa que había soñado con Bob, el viejo perro perdiguero de su hija primogénita, y que le había visto debatirse en una lucha terrible, como si fuese a morir.

El sueño había tenido dos partes distintas. Respecto de la primera, el romancista recuerda apenas haber experimentado una sensación de opresión, como si estuviese a punto de ahogarse. Entre el instante en que oía la voz de su esposa y aquel en que despertó, el sueño tomó una forma más precisa. Yo veía, cuenta el señor Haggard, al viejo Bob extendido entre los carrizos de una laguna. Me parecía que mi propia personalidad salía misteriosamente del cuerpo del perro, el cual apretaba su cabeza contra mi rostro de una manera bizarra. Bob hacía intentos como para hablarme y, no haciéndose comprender por el sonido, me transmitía, de otro modo indefinible, la idea de que estaba a punto de morir.

El señor y la señora Haggard tornaron a dormirse y el romancista no volvió a verse perturbado durante el sueño. A la mañana siguiente, durante el desayuno, refirió a sus hijas lo que había soñado y rió con ellas del miedo que había pasado la madre. Atribuía su pesadilla a la mala digestión. En cuanto al perro Bob, nadie se preocupó por él, puesto que, en la tarde anterior, había sido visto con otros perros de la villa e hizo sus zalamerías a la dueña, como de costumbre. Cuando pasaron las horas de la comida sin que Bob apareciese, la Srta. Haggard empezó a experimentar alguna preocupación y el romancista a suponer que podría tratarse de un sueño verídico. Entonces se emprendieron búsquedas activas que duraron cuatro días, al final de los cuales el propio señor Haggard halló al pobre animal flotando en el agua de una laguna, a dos kilómetros de la villa, con el cráneo fracturado y dos patas rotas.

Un primer examen, hecho por el veterinario, hizo suponer que el infeliz animal hubiese sido atrapado en una armadilla, pero se encontraron enseguida pruebas indiscutibles de que el perro había sido atropellado por un tren en el puente que atravesaba la laguna y que el choque lo había lanzado entre las plantas acuáticas.

En la mañana del diecinueve de julio, un cantonero de la ferrovía había encontrado en el puente el collar ensangrentado de Bob. Ahora ya no quedaba duda alguna de que el animal había muerto en la noche del sueño.

Por casualidad, en aquella noche, había pasado por el puente, algo antes de medianoche, un tren extraordinario de recreo que debió ser la causa del accidente.

Todas las circunstancias son demostradas por el romancista mediante una serie de documentos.

Según el veterinario, la muerte habría sido casi instantánea; habría ocurrido entonces dos horas antes, o más, del sueño del señor Haggard.

Tal es, en resumen, el caso sucedido al escritor inglés en el cual se encuentran varias circunstancias de hechos que concurren para excluir, de modo categórico, cualquier otra explicación que no sea la de transmisión telepática directa entre el animal y el hombre.

En efecto, no podría tratarse de un impulso telepático proveniente de la inteligencia de una persona presente, puesto que nadie había asistido al drama ni había sido informado de él, como se verifica por la indagación llevada a cabo por el propio señor Haggard, y esto es fácil de presumir si se tiene en cuenta la avanzada hora de la noche a que tuvo lugar el suceso.

No podía tratarse de una forma común de pesadilla alucinatoria, con una coincidencia fortuita, puesto que las circunstancias verídicas que se encontraron en la visión son verdaderamente bastante numerosas, sin contar el hecho en sí de la coincidencia entre el sueño y la muerte del animal.

No podía tratarse de un caso de telestesia gracias al cual el espíritu del romancista habría visto, desde lejos, el desarrollo del drama, puesto que, entonces, el perceptor sería un espectador pasivo, y no fue así. Como se puede ver, él fue sometido a un fenómeno muy notable de personificación o principio de posesión. Ese fenómeno, tal como observó el editor del Journal of the Society for Psychical Research, ofrece un paralelismo interesante con las personificaciones y las dramatizaciones observadas tan frecuentemente en lo sensitivos o médiums en estado de trance.

No se podría, finalmente, hablar de sueño premonitorio, pues el señor Haggard nada sabía sobre lo ocurrido, de lo cual solamente se enteró más tarde cuando se halló el cadáver de Bob flotando en la laguna, cuatro días después del extraño sueño. En efecto, con esa solución, no se llegaría a ninguna explicación: ni del hecho de la coincidencia verídica entre el sueño y el acontecimiento, ni del fenómeno de la dramatización del caso, igualmente verídica, ni del hecho, tan notable, de personificación o posesión.

He aquí las principales consideraciones que concurren para probar, de modo incontestable, la realidad del fenómeno de transmisión telepática directa entre el hombre y el animal. Me pareció un deber enumerarlos para responder a cualesquiera objeciones que llegaron de diferentes sectores, después de que la Society for Psychical Research acogió y comentó el caso en cuestión. Al mismo tiempo, las mismas consideraciones podrán servir de regla a los lectores para juzgar sobre el valor de la hipótesis telepática en relación a los casos que se expondrán a continuación.

Caso II – (En sueños) – 10 de febrero de 1885.


El primer lunes del mes de agosto de 1883 (descanso del comercio), me hallaba en Ilfracombe. Sobre las diez de la noche, fui a acostarme y adormecí enseguida. Desperté a las diez y media cuando mi esposa entró en el cuarto. Le conté que acababa de tener un sueño en que veía a mi perro Fox, herido y moribundo, tendido al pie de un muro. No tenía una idea exacta relativa a la localidad, no obstante había observado que se trataba de uno de los ‘muros secos’ que son una particularidad del condado de Gloucester. Deduje de ello que el animal había caído desde lo alto de uno de esos muros, tanto más que él tenía el hábito de saltar por encima de ellos. Al día siguiente, martes, recibí en nuestra casa (Barton End Grange, Nailsworth) una carta de nuestra gobernanta que me avisaba de que Fox no aparecía desde hacía dos días. Contesté inmediatamente, ordenándole que dispusiese una búsqueda lo más minuciosa posible. El domingo recibí una carta suya escrita la víspera, en la cual me informaba de que el perro había sido atacado y muerto por dos bulldogs, en la noche del lunes precedente.

Volví a mi casa al cabo de quince días y empecé enseguida un riguroso interrogatorio del cual resultó que, el lunes en cuestión, sobre las cinco de la tarde, una señora había visto a dos bulldogs atacar y despedazar ferozmente a mi perro. Otra señora, que vivía no lejos de allí, contó que sobre las nueve de la noche había descubierto a mi perro muriéndose cerca de un muro que me indicó, y que yo veía por primera vez. A la mañana siguiente, el perro había desaparecido. Supe a continuación que el dueño de los bulldogs, sabedor de lo ocurrido y temiendo las consecuencias, había tenido el cuidado de mandar enterrarlo sobre las diez y media de aquella misma noche, hora del acontecimiento que coincidía con la de mi sueño.

E. W. Phibbs

El caso que acabo de narrar fue citado varias veces por el profesor Charles Richet en su Tratado de Metapsíquica, con el fin de demostrar que podía ser explicado por la criptestesia, sin que fuese preciso suponer un fenómeno de telepatía en que el animal hubiese desempeñado el papel de agente y su dueño el de perceptor. Richet observaba al respecto: Es mucho más razonable suponer que ha sido la noción del hecho lo que alcanzó su espíritu, en lugar de admitir que el alma de Fox fue a inquietar el cerebro del señor Phibbs (p.330).

Con la expresión ‘la noción del hecho’, el señor Richet se reporta a su hipótesis de criptestesia según la cual las cosas existentes, al igual que el desarrollo de toda acción en el mundo animado o inanimado, emitieron vibraciones sui generis, perceptibles para los sensitivos, que, de esa manera, estarían teóricamente en estado de conocer todo lo que se produjo, se produce y se producirá en el mundo entero.

Contesté a esa hipótesis en un largo artículo publicado en la Revue Spirite (1922, p. 256), donde constaté esa omnisciencia, supuesta, de las facultades subconscientes, demostrando a través del examen de los hechos que las facultades en cuestión eran, por el contrario, condicionadas, y por tanto limitadas, por la necesidad absoluta de la relación psíquica, es decir, que si no existiese anteriormente algún lazo afectivo, o, en casos más raros, relaciones de simple conocimiento entre el agente y el perceptor, las manifestaciones telepáticas no podrían verificarse. Seguidamente, reportándome al caso que antecede, continuaba:

Se excluye que el pensamiento del perro, dirigido con una ansiedad intensa a su protector ausente, haya sido el agente que determinó el fenómeno telepático, o, en otros términos, se excluye que la cosa haya podido verificarse gracias a la existencia de una relación afectiva entre el perro y su dueño; siendo así, no es posible dejar de preguntar: ¿por qué el señor Phibbs vio, precisamente aquella noche, a su perro agonizando y no vio a todos los otros animales que, durante la misma noche, agonizaban ciertamente un poco por todas partes? Es imposible contestar a esta pregunta sino reconociendo que el señor Phibbs no vio tal cosa porque ninguna relación psíquica, de cualquier especie que fuese, existía entre él y los otros animales: él vio, por el contrario, la agonía de su perro porque había lazos afectivos entre él y el animal y porque, en aquel momento, el animal agonizante dirigía intensamente su pensamiento hacia su protector ausente, circunstancia que nada tiene de inverosímil y que, por el contrario, demuestra que el pobre animal moribundo deseaba urgente socorro.

Me parece que el buen fundamento de estas conclusiones permanece incontestable. De todos modos, nuestros lectores hallarán en la presente clasificación numerosos ejemplos de diferentes especies, que confirman ampliamente mi manera de ver, mientras que contradicen la hipótesis de una criptestesia omnisciente.
Caso III – (En sueños) – Extraigo el siguiente caso del libro del Señor Camille Flammarion titulado L’Inconnu et les Problèmes Psychiques (Lo desconocido y los problemas psíquicos).
Puedo citarle además un hecho personal que me perturbó bastante cuando sucedió, pero, como esta vez se trataba de un perro, acaso yo me equivoque al tomar su tiempo. Le pido me disculpe en preguntándome dónde paran los problemas.

Era entonces joven y poseía muchas veces, en sueños, una lucidez sorprendente. Teníamos una perrita de una inteligencia poco común. Era particularmente aficionada a mí, pues la acariciaba mucho. Cierta noche sueño que ella muere y que me mira con ojos humanos. Al despertar, dije a mi hermana: Lionne ha muerto, la veía en sueño, es verdad. Mi hermana rió y no me dio crédito. Llamamos a la gobernanta y le dijimos que llamase a la perrita, que no apareció. Buscada por todas las partes donde era posible que estuviese, apareció, al fin, muerta en un rincón. Pues bien, la víspera ella no estaba enferma y nada había podido provocar ese sueño mío.

K. Lacassagne, de soltera Dutant (Castres).

También en este caso, la hipótesis más verosímil es la de que el animal agonizante dirigió ansiosamente el pensamiento hacia su dueña, determinando así las impresiones telepáticas percibidas por ésta en sueños; no obstante, ese episodio es bastante menos probatorio que el anterior, tanto más que, esta vez, no nos hallamos en presencia de detalles de modo a eliminar la otra hipótesis, la de un posible fenómeno de clarividencia en sueños.

Caso IV – (Impresión) – Lo extraigo de la Light (1921, p. 187). Su narrador es el Sr. F. W. Percival, quien escribe:

El señor Everard Calthorp, gran entendido en caballos purasangre, en su último libro titulado The horse as comrade and friend (El caballo como camarada y amigo), cuenta que él poseía desde hacía algunos años una magnífica yegua llamada Windermere, a la cual estaba profundamente ligado, siendo retribuido con un transporte afectivo de modo a conferir al caso aquí presentado un carácter realmente emocionante. Quiso la infelicidad que la yegua se ahogase en una laguna cerca de la heredad del señor Calthorp, quien expone así las impresiones experimentadas en el trágico momento:

A las tres y veinte de la madrugada del 18 de marzo de 1913, desperté sobresaltado de un profundo sueño, no a causa de algún ruido o ladrido, sino por una petición de socorro que me transmitía – no sé cómo – mi yegua Windermere. Afiné el oído y no percibí el menor ruido en aquella noche calma, pero tan pronto como desperté completamente, sentí vibrar en mi cerebro y en mis nervios, el llamamiento desesperado de mi yegua. Comprendí de este modo que ella se hallaba en peligro extremo y que invocaba auxilio inmediato por mi parte. Me puse el abrigo, calcé las botas, abrí la puerta y me eché a correr por el parque. No oía ladridos ni gemidos, pero sabía, de un modo incomprensible y prodigioso, de qué lado procedía esa especie de ‘telegrafía sin hilos’. Retumbaba cada vez más débilmente en mi cerebro y, cuando llegué a la orilla de la laguna había cesado. Buscando en el agua de la laguna, percibí que ésta se hallaba todavía arrugada por pequeñas ondas concéntricas que llegaban a la orilla y, en medio de ella, percibí una masa negra que se precisaba siniestramente a la primera claridad de la aurora. Comprendí enseguida que se trataba del cuerpo de mi pobre Windermere y que, desgraciadamente, yo había respondido demasiado tarde a su llamamiento, pues estaba muerta.

El Sr. F. W. Percival, reproduciendo esta narración en la revista Light (1921, p.187), observa:

Sin duda, en casos como este nos falta el testimonio del agente, pero esto no impide que las tres reglas de Myers destinadas a distinguir los hechos telepáticos de aquellos que no lo son, sean todas aplicables igualmente al caso que nos ocupa. Dichas tres reglas son las siguientes: 1ª – que el agente sea encontrado en una situación excepcional (aquí el agente luchaba contra la muerte); 2ª – que el perceptor haya experimentado algo psíquicamente excepcional, incluso una impresión de naturaleza tal que le hiciese conocer al agente (aquí la impresión que revela el agente es manifiesta); y 3ª – que los dos incidentes coincidan en el tiempo (esta condición queda igualmente satisfecha).

Se podría añadir que el hecho del impulso telegráfico fue bastante preciso y enérgico como para despertar al perceptor de un sueño profundo, hacerle percibir inmediatamente que se trataba de una petición de socorro por parte de su yegua y orientar sus pasos, sin ningún titubeo, hacia el teatro del drama. No parece entonces que sea posible poner en duda el origen realmente telepático del acontecimiento.

Caso V – Lo extraje del Journal of the Society for Psychical Research, vol. XII, p. 21. Lady Carbery, esposa de Lord Carbery, envía desde el castillo de Freke, condado de Cork, la siguiente narración fechada en 23 de julio de 1904:
Durante una cálida tarde de domingo del verano de 1900, fui, después del almuerzo, a hacer mi acostumbrada visita a las caballerizas, a fin de distribuir azúcar y zanahorias a los caballos, entre los cuales había una yegua asustadiza y nerviosa llamada Kitty, que me gustaba mucho. Una gran simpatía existía entre ella y yo, que la montaba todas las mañanas, antes del almuerzo. Eran excursiones tranquilas y solitarias a lo largo de las colinas hacia el mar y siempre me pareció que Kitty gustaba, como su dueña, de esos paseos en el frescor matinal.

La tarde de que se trata, saliendo de las caballerizas, seguí sola por el parque, recorriendo un cuarto de milla y sentándome seguidamente a la sombra de un árbol, con un libro muy interesante, pues era mi intención permanecer allí unas dos horas. Después de unos veinte minutos, un súbito influjo de sensaciones penosas vino a interponerse entre mi lectura y yo, al mismo tiempo en que experimentaba la certidumbre de que algún percance había ocurrido a mi yegua Kitty. Procuré alejar tal impresión continuando con la lectura, pero la impresión aumentó de tal forma que fui obligada a cerrar el libro y a encaminarme a las caballerizas. Llegada allí, me fui enseguida a la cuadra de Kitty y la encontré tendida en el suelo, sufriendo y necesitando asistencia inmediata. Corrí inmediatamente a buscar a los muchachos de la caballeriza, que se hallaban en otra sección más alejada, los cuales acudieron al objeto de prestar al animal los cuidados necesarios. Su sorpresa fue grande al verme aparecer en las caballerizas por segunda vez, circunstancia enteramente insólita.


Lady Carbery

El cochero que cuidó de la yegua en aquella ocasión, así confirma la referida narración:

Era entonces cochero del castillo de Freke y su señoría vino, durante la tarde, según su costumbre, a distribuir azúcar y zanahorias a los caballos. La yegua Kitty se hallaba suelta en su cuadra y en excelentes condiciones de salud. Seguidamente, volví a mi alojamiento, sobre las caballerizas, y los empleados se fueron a sus cuartos. Tras media hora o cuarenta y cinco minutos, me sorprendí al ver regresar a su señoría, que corría a llamarme, al igual que a los muchachos, a fin de que fuésemos a socorrer a Kitty que se hallaba tendida en suelo, víctima de un mal súbito. En ese ínterin, ninguno de nosotros había entrado en las caballerizas.

Edward Nobbs

Este segundo caso es menos sensacional que el primero: la impresión telepática experimentada por lady Carbery fue también menos precisa, pero lo bastante fuerte para proporcionar a la perceptora la convicción de que las sensaciones que percibía indicaban que la yegua Kitty tenía necesidad de urgente asistencia, y para hacerla decidirse a correr inmediatamente hacia el lugar. Pues bien, estas circunstancias de orden excepcional y de una significación precisa y sugestiva son suficientes para autorizar una conclusión a favor del carácter telepático del presente caso.

Caso VI – (Impresión) – Este caso apareció en Light (1915, p. 168). El señor Moldred Duke, conocido sensitivo y autor de artículos bastante profundos sobre asuntos metapsíquicos, relata el siguiente suceso ocurrido con él:

Hace algunos días he tenido que permanecer escribiendo hasta hora avanzada y estaba absorto en el tema de que trataba cuando fui literalmente invadido por la idea de que mi gata tenía necesidad de mí. Me levanté y fui en busca de ella. Después de haber dado inútilmente la vuelta por la casa, pasé al jardín y, como la oscuridad me impedía ver, me puse a llamarla. Percibí un débil maullido a distancia y, cada vez que repetía la llamada el maullido me contestaba, pero la gata no apareció. Volví a casa a fin de hacerme con una linterna, y atravesé enseguida el patio, dirigiéndome al lugar desde donde parecían venir los maullidos. Después de algunas búsquedas, encontré a mi gata en un cercado, atrapada en una armadilla tendida para los conejos, cuyos nudos le apretaban el pescuezo. Si ella hubiese luchado para librarse del lazo, se hubiera estrangulado. Felizmente tuvo la inteligencia de no moverse y de, por el contrario, enviar a su dueño un mensaje de petición de socorro, a través del telégrafo sin hilos.

Se trata de una gata a la que tengo mucho afecto y esta no ha sido la primera vez que una relación telepática se entabla entre ella y yo.

Hace algunos días la suponíamos extraviada, pues no la encontrábamos en lugar alguno, llamándola en vano por todas partes. De repente, por una especie de fotografía mental, la he visto prisionera en una pieza vacía en los desvanes de la casa, pieza que permanecía siempre cerrada. La visión era verídica. La gata, no se sabe cómo, se había encerrado allí. Pero ¿no habría ella, aún esta vez, enviado un mensaje telepático para avisarme de su encierro?

Respecto de este caso, nada más es preciso decir, ya que no es posible dudar del origen telepático de las dos impresiones sensoriales recibidas por el autor de la narración.

Caso VII – (Impresiones) – Lo extraigo del Journal of the Society for Psychical Research (vol. XI, p. 323). El Sr. J.F. Young comunica el siguiente caso personal:

Tengo un perro foxterrier de cinco años, por el cual siento mucho afecto. Siempre me han gustado los animales, y sobre todo los perros. El animal de que hablo me dispensa tal apego que no puedo ir a parte alguna o siquiera salir de mi cuarto sin que me siga siempre. Es un terrible cazador de ratas y, como la despensa es a veces frecuentada por tales roedores, he puesto allí una camita para Fido. En el mismo lugar había un fogón de cocina donde se había introducido un horno de pan, al igual que una caldera para la limpieza, provista de un tubo que terminaba en la chimenea. Nunca dejaba, por las noches, de llevar el perro a su lecho, antes de acostarme.

Ya me había cambiado la ropa e iba a acostarme, cuando fui de repente asaltado por la sensación inexplicable de un peligro inminente. No podía pensar en otra cosa sino en un fuego y la impresión era tan fuerte que acabé por quedar dominado por ella. Me vestí nuevamente, bajé y me puse a inspeccionar el apartamento pieza por pieza para asegurarme de que todo estaba en orden. Llegando a la despensa no vi a Fido, suponiendo que él había podido salir de allí para dirigirse al piso superior, pero en vano llamé por él. Fui a casa de mi cuñada para pedirle noticias, pero ella no sabía nada. Empecé a sentirme inquieto. Regresé enseguida a la despensa y llamé varias veces por el perro inútilmente. No sabía ya hacia qué lado dirigirme, cuando, repentinamente, se me pasó por la cabeza que, si algo podría hacer que el animal respondiese, era la frase: ¿Vamos a pasear, Fido?, invitación que lo ponía enseguida contento. Pronuncié entonces esa frase y un gemido ahogado, como debilitado por la distancia, me llegó a los oídos. Renové la invitación y escuché distintamente el lamento de un perro en aflicción. Tuve tiempo de asegurarme de que el lamento venía del interior del tubo que comunicaba la caldera con la chimenea. Yo no sabía cómo proceder para quitar al perro de allí: los minutos eran preciosos y su vida estaba en peligro. Me hice con un martillo y empecé a derribar la pared en el punto exacto. Conseguí, por fin, con bastante dificultad, retirar a Fido de allí, medio ahogado, sacudido por esfuerzos de vómitos, la lengua y el cuerpo entero negros de hollín. Si yo me hubiese demorado algunos momentos, mi perrito querido estaría muerto y, como no nos servimos sino muy raramente de la caldera, probablemente nunca hubiera sabido qué fin había tenido. Mi cuñada acudió con el alboroto y ambos descubrimos un nido de ratas localizado en el fogón, al lado del tubo. Fido, evidentemente, habría perseguido a una rata hasta su interior, de tal manera que había quedado preso sin poder dar vuelta para salir de él.

Todo esto sucedió hace ya algunos meses y fue por aquel entonces publicado en la prensa local, pero no se me habría ocurrido comunicar el hecho a esa Sociedad si no hubiese sucedido, mientras tanto, el caso de sir Rider Haggard.


J.F.Young

New Road, Llanella, 13 de noviembre de 1904.

La señora E. Bennett, cuñada del firmante, confirma la narración de su pariente.

Para otros informes sobre este episodio, remito al lector al Journal of the Society for Psychical Research, vol. XI, p. 323.


Este cuarto caso de telepatía por una impresión difiere sensiblemente de los que lo han precedido, en que el rasgo característico esencial del impulso telepático consistió en la percepción exacta de un llamamiento emanado de un animal en peligro y la localización intuitiva del lugar en que se hallaba. Aquí, por el contrario, la impresión que tuvo el perceptor le sugiere la idea de un peligro inminente en relación con el fuego, si bien la impresión es lo bastante fuerte para llevarlo a vestirse apresuradamente e ir a inspeccionar la casa, de modo que, llegando a la cocina y apercibiéndose de la ausencia del perro, lo llama, lo busca y lo salva.

Resulta de ahí que, en este caso, el mensaje telepático se verifica de modo imperfecto, adquiriendo una forma simbólica, lo cual no añade nada a su valor intrínseco, puesto que esta circunstancia no constituye, en modo alguno, una dificultad teórica. Se sabe, en efecto, que las manifestaciones telepáticas, en su paso del subconsciente al consciente, siguen el cauce de menor resistencia, determinado por las idiosincrasias especiales del perceptor. Éstas consisten, sobre todo, en el tipo sensorial a que pertenece el perceptor (visual, auditivo, motor, etc.), después, en las condiciones del medio en que vive (hábitos, repetición de los mismos incidentes durante la vida cotidiana). De esto se deduce que, cuando el impulso telepático no llega a realizarse en la forma más directa, se transforma en una modalidad de percepción indirecta o simbólica, que traduce, con mayor o menor fidelidad, el pensamiento del agente en cuestión. Dicho esto, habría que decir que, en el caso que examinamos, la llamada ansiosa del perro en peligro consiguió impresionar la subconsciencia del perceptor, pero, para alcanzar su consciencia, tenía que perder gran parte de su nitidez, transformándose en una vaga impresión de peligro inmediato relacionado de algún modo con el fuego, lo cual correspondía asimismo a la realidad, ya que el animal estaba efectivamente aprisionado y en peligro de muerte por asfixia en el tubo del horno.

Caso VIII – (Auditivo) – El Dr. Emile Magnin comunica a los Annales des Sciences Psychiques (1912, p. 347) el siguiente caso:
Acabo de leer, con gran interés, la narración del caso del perro Bobby, publicado en los Annales. Un caso más o menos semejante me fue contado, hace algunos años, por el Sr. P. M., abogado de gran talento. Hago un breve resumen de ese relato, en la seguridad de que, por su analogía con el caso Bobby, habrá de interesar a sus lectores.
El Sr. P.M., abogado en la Corte de Apelación, tenía una perrita española llamada Creole, que solía tener consigo en París y que dormía en el pasillo, detrás de la puerta de su cuarto de dormir. Cada mañana, al primer movimiento de su dueño, ella arañaba la puerta y gemía hasta que se le abriese. Durante un período de caza, el Sr. P.M. dejó la perrita Creole en Rambouillet, bajo los cuidados de su guardés.

Por la mañana temprano, un sábado, el Sr. P.M. oyó arañar y gemir a la puerta de su cuarto y, muy sorprendido por escuchar a su perrita allí, se levantó inmediatamente, convencido de que su guardés había ido a París para comunicarle algo urgente. Grande fue su asombro al no ver al guardés ni al animal. Diez horas más tarde llegaba un telegrama del guarda comunicándole que Creole había sido muerta accidentalmente por un cazador.

También este episodio, en el cual la alucinación verídica fue de naturaleza auditiva, no parece posible dudar del origen realmente telepático de la manifestación y, en lo que atañe a las condiciones en que se verificó, es útil observar que éstas demuestran que el impulso telepático fue, una vez más, de naturaleza indirecta o simbólica. Reportándonos a las consideraciones que hemos venido desarrollando respecto de esto, diremos aquí que, como la perrita muerta tenía, cuando estaba viva, la costumbre de arañar la puerta del cuarto de su dueño e incluso gemir, mientras no se le abría, resulta de ello que el impulso telepático no llegó a verificarse de modo directo y se concretizó de modo indirecto y simbólico, con modalidades de realización que eran las más familiares al perceptor y en relación con el pensamiento del agente. Observo aquí que la circunstancia de que una ley fundamental de las manifestaciones telepáticas esté realizándose rigurosamente, aun cuando se trata de un agente animal, ofrece gran valor teórico, puesto que es difícil no deducir de esto que, si las manifestaciones telepáticas animales se equiparan a las mismas leyes que las manifestaciones telepáticas humanas, resulta la identidad de la naturaleza del elemento espiritual en acción en ambas circunstancias.

Caso IX – (Auditivo-colectivo) – Destaco en el cuarto volumen, páginas 289/90, del Journal of the Society for Psychical Research, el siguiente caso narrado por la señora Beauchamp, de Hunt Lodge, Twiford, en una carta dirigida a la señora Wood, de Colchester, narración de la cual extraemos el fragmento que sigue:

Megatherium es el nombre de mi perrito hindú que duerme en el cuarto de mi hija. La pasada noche desperté súbitamente al oírlo brincar por el cuarto. Yo conocía bien su manera de brincar, muy característica. Mi marido, a su vez, no tardó en despertar. Lo interrogué, diciéndole: ¿Estás oyendo esto? Y él me contestó: Es Meg. Encendimos luego una vela, buscamos por todas partes, pero no pudimos hallarlo en el cuarto, porque su puerta estaba bien cerrada. Entonces se me ocurrió la idea de que alguna desgracia había sucedido a Meg. Tenía el presentimiento de que él había muerto en aquel mismo momento. Consulté el reloj para verificar la hora y pensé que debía bajar para ir inmediatamente a asegurarme de mi intuición, si bien esto me pareció un absurdo, y, además, hacía tanto frío… Estuve indecisa un instante y el sueño volvió.



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